Hace 100 años, para el Domingo de Ramos del año 1922, la Virgen de la Amargura estrenó una pieza que destaca por su valor artístico e histórico, la llamada “Corona de Lecaroz”. Esta pieza ayuda a entender una serie de transformaciones estilísticas que se llevaron a cabo durante las primeras décadas del siglo XX, al calor de la preparación en la ciudad de la Exposición Iberoamericana de 1929.
La presea, de plata sobredorada, diseñada por Ángel Lecaroz y cincelada por Manuel Seco Imberg, ha sido sometida a un proceso de restauración a cargo del orfebre sevillano Antonio José Medina Vallecillo, recuperando de este modo la pieza su esplendor tras un magnífico trabajo.
La Corona será reestrenada por la Santísima Virgen en su Septenario.
HISTORIA
La citada corona aparece reflejada en las actas del cabildo general celebrado el 22 de enero de 1922. Entre los estrenos de este año, figura un estuche de caoba para guardar “1a Corona de plata para la Stma. Virgen de la Amargura”. La dirección artística fue llevada a cabo por el hermano de la corporación Ángel Lecaroz Barrera junto a Alfredo Moro, que realizó los trabajos de platería. El cincelado de la pieza corrió a cargo de los orfebres Manuel Seco Imberg y Manuel Pérez.
El agrado por la realización de la misma se ve reflejado en el acta del cabildo de elecciones que tuvo lugar en el mes de mayo de aquel año. El renombrado Rafael Montaño de la Bastida, que ocupó cargos de importancia en la cofradía en aquellos años, propuso el encargo de un presente para Ángel Lecaroz por su inestimable ayuda en el proyecto de la realización de la corona. El importante costo se refleja en los gastos del libro de cuentas con pagos a los orfebres por la realización de esta presea, con un coste de 6.297,50 pesetas En estas mismas páginas pueden verse los pagos a Ojeda por la realización de un simpecado granate que desaparece posteriormente, evidenciado el desahogo económico que por aquel entonces existía en la corporación.
La pieza de plata sobredorada destaca por su novedoso dibujo, de cuidados y menudos detalles, a diferencia de la presea que existía por aquel entonces, caracterizada por el esquema de una abundante y carnosa decoración floral. Uno de los detalles que marca a la corona en un primer golpe de vista es la estilizada forma con la que se remata la ráfaga. Este peraltamiento de la forma viene marcado por la disposición del orbe con la cruz, que no culmina el conjunto, sino que se dispone en el centro de la composición, cambiando la percepción de la tradicional forma circular.
Sobre una portentosa canastilla de marcada forma hexagonal se dividen las secciones donde aparece un mismo motivo decorativo que puede verse repetido en ambas caras. De los vértices y lados nacen sendos imperiales que varían su forma según el punto de arranque, proporcionando una vistosa variación de roleos vegetales en sus perfiles. La llamativa ráfaga se decora con elementos vegetales y pequeños roleos que combinan con piezas caladas, contribuyendo a una notable visión de ligereza en su composición. Los perfiles se rematan con ráfagas mixtilíneas combinadas con piezas que simulan pequeños flameros, aportando una singular forma y delicada belleza.
Numerosas son las restauraciones que se han llevado a cabo sobre la misma, siendo dorada poco después de su estreno por Manuel Pérez, aportando en ella unos bellos contrastes de mates y brillos que no conserva la corona en la actualidad.
Hasta el estreno de la corona de oro de Cayetano González en 1954, era usual poder ver a la dolorosa portando esta pieza en ocasiones de interés como la propia estación de penitencia. De hecho, esta centenaria presea fue la que portó María Santísima de la Amargura para la procesión magna de 1946, con motivo de la proclamación del patronazgo de la Virgen de los Reyes hace ya 75 años. El año siguiente, la obra formó parte de la exposición de Artes Decorativas y Artesanos que hubo en Madrid, con la dicha de obtener el diploma de primera clase.



